Las exactas sombras marrones.
Hacía meses
que tratábamos de venderlo y no pasaba nada. Quizás estaba mal ubicado y la
gente no lo veía, y así no había cómo encajárselo a nadie. Era un buen producto
artístico, de buena la firma, pintado en 1939 según decía en la etiqueta. Y además con un conveniente precio
(considerado así por los entendidos) pero no había Dios que lo vendiera.
Cuando entró
la viejita del sombrero con flores, tanto el encargado de la Galería, como la
otra vendedora y yo, tratamos de hacernos invisibles. Ninguno de los tres tenía
ganas de cumplir con una de las frecuentes “visitas guiadas” a clientes que nos
hartaban a preguntas y que nunca compraban nada.
Pero la
señora me encaró directamente y muy resuelta y me dijo:
-Joven, por favor… ¿ese retrato de Ricardo Sanz, es
original?
Confieso que
me sorprendió su pregunta, ya que Sanz no es un pintor demasiado conocido, ni
promocionado en nuestro país a pesar de ser un maravilloso artista
internacional.
-Si, señora -contesté condescendiente- Así es.
-¡Me encanta! -dijo sonriéndome llena de alegría- Es uno de los mejores
trabajos de Ricardo que he visto. -lo dijo como quien habla del sobrino de una
amiga. Ricardo, como el chico del quiosco. Después continuó, sin esperar
respuesta.
-Pero yo vengo, joven, por ese Hopper que tienen aquí escondido.
Jajaja! ¿En dónde está? Jajaja! ¡Parece que no lo quieren vender!
Aquí fue
cuando creí que el mundo se había dado vuelta. La señora no sólo conocía la
obra de Ricardo Sanz sino que, además, sabía también qué cosa teníamos en
nuestro catálogo. Personas así no son frecuentes, aún en el exclusivo ambiente
de la “Cantine D`Art”, que aglutina a
gente conocedora que busca arte para inversión y no por el mero motivo de personal
disfrute estético.
El cuadro que
ella pedía ver era “New York Movie” de Edward Hopper, cuadro realizado poco
antes del comienzo de la Guerra, que valía una fortuna.
La llevé
hacia el lugar, y cuando se paró frente a la obra, ella inclinó levemente la
cabeza y se calzó un par de delicadas gafas que acrecentaron la calidad de su
persona. Después de un momento dijo con voz tenue:
-Encendidas farolas clasisistas que crean en un espacio propio con las
cortinas rojas, colgantes y tunicadas, y a su vez relatan una historia común
con las columnas labradas, sólidas y egregias.
-Bella descripción para este trabajo, estimada señora –dije, como para
hacer notar mi presencia.
-No es mía joven, es de una tesis sobre la pintura de los ’40 de la Art’s
University, y se aproxima bastante a la
esencia de la Obra.
Luego
continuó:
-También se conjugan con los claros colgantes suspendidos que abanican
el pórtico recto de mampostería romanoide. Pero esta parte central no me
satisface tanto, quizá por la presencia de las oscuras y exactas sombras
marrones que inicialan la presencia del público, como el sector derecho, en donde la atractiva
empleada rubia campea en soledad sobre la vasta y acolchada alfombra verde
claro.
-¿Y eso también es de la tesis? -le pregunté, ensayando alguna sorna.
-No, eso es mío y lo voy a calzar en un “file” en el que estoy
trabajando.
-¿Usted no
será crítica de arte, señora? Se lo pregunto porque la Galería trata solamente
con potenciales clientes y no asesoramos a quienes no reportan beneficios directos.
Comprenderá Señora que esto es un negocio y que…
Me
interrumpió con un gesto seco. De la cartera sacó una tarjeta y dijo de forma
tranquila pero cortante:
-Mande el cuadro a esta dirección, allí mi abogado le abonará el
importe y le solucionará cualquier inconveniente. ¡Ah! Y deje en blanco donde
dice comprador… ¡Es para regalar!
Mi alegría
por la comisión que me tocaba cobrar debe haber sido tan evidente que hasta el
encargado, que habitualmente se desentiende del salón, se dio cuenta que algo
pasaba.
Ella, la viejita, muy suelta en sus maneras me
dijo:
-Sabe Joven, hay momentos en que los placeres de la vida son tan escasos
y efímeros, que no valen el esfuerzo que significa tratar de continuarlos. Se
disfrutan por un momento y ya… se los deja ir en busca de mejores vientos.
-No entiendo muy bien lo que me
dice Señora. -Dije mirando hacia el suelo.
-Es el juego de la estética lo que me trae a este lugar. El poder
disfrutar por un momento de un color, de una forma, o del oscuro ambiente de
penumbra lúgubre que generaliza ese lienzo, en completa oposición a la iluminada escalera
verde, enfundada en alfombra.
-Sus descripciones son, a veces, sorprendentes Señora. Yo jamás había
visto así a este cuadro.
-Porque usted, Joven, lo mira pensando en venderlo. En cambio yo lo
miro solamente por el minúsculo placer que significa mirar.
-¿Y entonces para qué lo compra? -Para ese momento ya estaba bastante
confundido -Si ya no va a volver a
disfrutarlo?
-No joven, como la mayoría de las cosas se hacen solamente porque se
puede. No hay otro motivo. No hay ulterioridades. Yo lo hago sólo porque puedo.
-¿Y qué cosa
haría, Señora, si no pudiera pagarse este lujo? -pregunté entonces, ya sin
ánimo de contradecir.
-Seguramente lo pintaría. Sí, lo pintaría como yo lo veo, para poder
disfrutar de los colores y del olor de la trementina. Para saborear cada
pincelada. Para fundirme en el pensamiento con esa rubia empleada solitaria. Si,
lo haría para estar viva, finalmente.
Luego la
anciana giró elegantemente sobre sus talones y se marchó sonriendo del local,
sin una sola mirada hacia atrás.
A
todos nos sorprendió cuando la Galería no pudo cobrar el cheque. Y debo aclarar
que yo jamás cobré esa comisión.
Además,
el abogado de la señora desapareció de la Ciudad pocas horas después de haber aceptado
el envío y las condiciones de pago.
Carlos Micca- 2014