El Síndrome de Caperucita.
La escritora argentina Silvia Bleichmar razona que, en la
oportunidad en que Caperucita Roja le preguntaba al Lobo sobre las particulares
condiciones de sus manos, sus orejas, sus ojos, su pelo, y finalmente su boca,
lo que buscaba era que la realidad que le saltaba a la vista (que estaba en
presencia del Lobo y no de su Abuelita) fuera de alguna manera modificada por
los tranquilizadores argumentos de quien aparecía como su posible inmediato
victimario, y que los halagos que recibía como respuesta a sus temores obraran
el milagro de hacer desaparecer el evidente peligro que la amenazaba.
Agrega la autora citada: “hay en la ingenuidad un componente perverso y autodestructivo disimulado
por un interés de beneficio personal”. Y explica
también que el sujeto que compra un billete de lotería premiado cree
íntimamente que se está aprovechando de ese pobre paisano que debe regresar de
urgencia a su pueblo para atender a su
madre enferma. De la misma manera, el individuo que compra el buzón de una
esquina cree hacer un buen negocio sobre la necesidad del hombre que debe
venderlo pues ya sus muchas obligaciones
no le permiten atender con eficiencia su negocio.
Así las cosas, el individuo común que oficia de elector
en cada convocatoria y que en la soledad del cuarto oscuro respalda a un
candidato del que conoce su trayectoria plagada de renuncios y bajezas, lo hace
pensando en conseguir una pequeña madriguera que lo cobije de las inclemencias
que lo han de afectar si alguno de los otros candidatos accede al cargo que se
disputa.
Puede colegirse que en este estilo en pensamiento se
configura la muy difundida psicopatía del chancho rengo, expresando como tal a aquellos
individuos que disimulan o niegan hechos que se sobreentienden.
Este tipo de pensamiento, nefasto en su concepción y en
los efectos producidos por su práctica,
suele ser natural en algunos ambientes de la política y de los negocios, y ha
tornado en una resultante lógica del empirismo del “no te metás”, antigua y
difundida cavilación del imaginario colectivo nacional.
Esta actitud tan manifiesta en el accionar cotidiano
permite que sucedan en forma permanente episodios que serían descalificantes en
otro contexto. Tal el caso de aquello que describe como “picardías” y que configuran
acciones especificadas como “delitos” en nuestro celebérrimo y poco aplicado
Código Penal. O también las acciones que se interpretan como maniobras
electorales lícitas y que la realidad presenta como burdos contubernios y
alianzas espurias destinadas a confundir o amedrentar al los débiles de
espíritu que concurren a las urnas pretendiendo encontrar en ellas a padres
sustitutos que mejoren sus expectativas.
Los manejos a los que se recurre en el ámbito político
pondrían rojo de envidia a más de un curtido convicto, pero son sin embargo,
prácticas aceptadas (al menos nunca denunciadas) en los despachos del staff
partidario correspondiente, que las denuncia cuando provienen del ocasional
contrincante, a la espera de ponerlas en práctica en su beneficio durante el
próximo turno electoral.
Si bien esta manera de actuar ha dado pésimos resultados
en nuestro País, no se avizora en el horizonte ninguna señal que anuncie su
muerte, ni al menos su enfermedad o su declinación. Muy por el contrario el
“dale que va” cabalga con impunidad, naturalidad y holgura en la poco sufrida
conciencia nacional.
La costumbre, esa vieja enemiga de las mentes lúcidas,
cobija hoy bajo un manto de habitualidad
a las distorsionadas Instituciones de la Nación , y también a las que dependen de las
Provincias, Municipios y Comunas, que ya muy deterioradas en sus estructuras
administrativas, carecen del potencial técnico y económico necesario para
realizar con mediana eficacia las tareas que les han sido encomendadas.
El hombre común no alcanza ha percibir sin embargo, que
la falta de eficacia de quienes lo administran es culpa, en parte, de su
incumplida responsabilidad como Ciudadano, que aceptó en cada oportunidad que
sus Gobernantes no tuvieran el grado de idoneidad, honestidad y compromiso que
la circunstancia requería.
Posiblemente quepa el beneficio de la duda, en el momento
de juzgar al individuo al que hacemos referencia. Quizá se peque de injusto al
acusar de todos los males a este primario personaje de la democracia representativa,
el Elector, que pretende cumplir con sus deberes cívicos al depositar un voto
cada dos años.
El llamado “elector” en realidad solo contribuye con su
acto cívico a la legitimación jurídica de las decisiones que ya tomaron quienes
detentan el Poder. Este hombre no puede percibirlo ya que no se le brinda la
mínima información necesaria para ello, y la que recibe de los medios de
difusión suele estar teñida del color del problema y no del de la solución.
Quizás el hombre común de nuestros ejemplos no tenga otra
alternativa a su alcance, debiendo aceptar las nefastas reglas de juego que el
sistema político, y las costumbres pervertidas, le impone en el conjunto social
en el que se desenvuelve.
Tal vez las posibilidades de decisión del individuo que
transita nuestras calles se agotaron antes de su propia existencia, dilapidadas
en pretéritos desencuentros de los que dirigieron de nuestra Nación, o en las
discutibles decisiones tomadas en otros momentos por líderes ya superados por
los tiempos. Y tal vez su visión, hoy, sólo abarque una la mínima porción de la
realidad, obligándolo a referenciar sus actos en arcaicas y demasiadas veces
mal enseñadas lecciones escolares.
Abril 2010 - Mayo 2014
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